Página principal

Capítulo 1

Cada vez más. Con mucha frecuencia me sentía excluida de la sociedad. De la jodida sociedad. ¿Y qué? ¿Para qué quería yo formar parte de algo plagado de normas absurdas e injustas? Que rechazaba mi aspecto androide de mujer sin cejas, mi delgadez extrema, la queja constante que yo paseaba con mi aspecto desharrapado. No obstante, en ocasiones también temía estar acostumbrándome demasiado a esta situación en el extrarradio del mundo. Hasta qué punto, me preguntaba, había acabado por aceptar el desastroso callejón sin salida en el que estaba metida en un país que se iba a pique. Beeeeeeeeee, me respondía yo misma. Y no sin pesar, dado que no tenía trabajo. Dado que nunca, jamás en mis doce años de vida como mayor de edad, había tenido un trabajo serio y digno, solo como camarera ocasional, y gracias, señor McDonalds, por pagarme un sueldo que ni en China. Y eran diez horas durante las que tenía que permanecer de pie. Diez horas de gestos repetidos, sonrisa forzosa, estupidez generalizada, palabras aprendidas de memoria, palabras sin sentido, palabras vacías: Esperamos que haya pasado un happy meal en McDonalds. Mientras, mi vida avanzaba en sintonía: toda una pérdida de tiempo y de gestos automatizados para economizar al máximo la energía, para no pensar. Fealdad y banalidad. Duré tres semanas, y luego, el desierto: el paro de larga duración y sin esperanzas de que la situación fuera a cambiar, con prácticamente un pie en la calle. Como tanta gente a la que yo conocía. Nos habían robado todas las ilusiones y los sueños, y para más inri éramos sospechosas, por lo general, de muchos de los males del mundo: de abusar de la seguridad social, de las prestaciones sociales y de los comedores sociales. ¿Continúo?

Corría el año 2039 y había pasado mucho desde aquellos tiempos en que, si no tenías casco computadora con pantalla amigable incorporada en la visera, parecía que no eras nadie. En que los objetos de consumo que poseías eran lo que te definía, lo que te daba un nombre y una identidad. Siglos. Y solo unos pocos meses desde que se había instaurado el plan SOSpigs: para algunas, un conjunto de medidas para regenerar los Estados sureños; para otras, la estrategia definitiva para acabar de saquear del todo la depauperada economía de los países meridionales. Nos deslizábamos directas al abismo y yo ya ni siquiera era capaz de sentir ira por mi impotencia y mi incapacidad para luchar contra esta mierda de timocracia que nos señalaba siempre como culpables. Una ira que a los veintidós años me había llevado a unirme a un grupo de desheredadas de la vida que habíamos empezado a aparecer como champiñones por la plaza del distrito. De forma espontánea. Para quejarnos y combatir un sistema político que ya en ese momento preveíamos que nos estaba arrastrando irremisiblemente a la indigencia. Ocho años habían transcurrido desde entonces, y sucedido muchas cosas. Demasiada gente se había quedado por el camino. Yo misma había ido perdiendo todas mis energías e ilusiones. Cansada de luchar contra gigantes. Con el abatimiento cavando profundos túneles en mí igual que la carcoma excava galerías en la madera hasta debilitarla y quebrarla. Y ahora, ya en plena treintena, opté por pasar de todo, ciega y muda ante los engaños y mentiras de los septentrionales referentes al plan SOSpigs. También los activistas necesitamos vacaciones. ¿Puedo alegar en mi defensa que, de todas formas, el horno no estaba para bollos? Hasta algunos meses atrás, bajar a la plaza del distrito y compartir quejas, batallas y cervezas con otras desheredadas me había ayudado a combatir y soportar mejor lo insoportable. Pero cada vez era más habitual que nos encontráramos la plaza tomada por armarios impasibles a los que nuestra presencia volvía menos impasibles: robocops que nos amenazaban con su violencia legalizada. Policías y guardias de seguridad privados, en otras palabras. Las piernas abiertas y sólidamente asentadas en el suelo. La mano apoyada normalmente en la porra. Casi acariciándola. Y en todo momento protegidos por un pasamontañas. Protegidos, ¿de qué?

Nos habían expulsado de la sociedad y yo encontré en el ciberespacio un lugar donde poder existir: primero fue un espacio de ocio relativamente barato; luego, cada vez más, un refugio de las muchas agresiones del exterior. Un lugar seguro. Pues ya estaba harta ya de pasar miedo si por la noche notaba pisadas a mi espalda. De soportar miradas de hombres no deseadas ni provocadas. De llegar corriendo al portal de casa, con las llaves en la mano, preparada para abrir la puerta, para cerrarla inmediatamente y que nadie pudiera colarse detrás de mí. De sentirme señalada cuando iba escotada, de las palabras obscenas que no se decían. De esquivar, por si acaso, grupos de más de tres hombres y de tener que prepararme, continuamente, en técnicas de autodefensa.

¿Qué podía hacer sino? ¿Qué podíamos hacer salvo recluirnos en el ciberespacio con una asiduidad poco recomendable hasta olvidar que existía un mundo real? Pero no hablo solo de mí. Hablo de toda una generación que, sin darse cuenta, se quedó enganchada a las psicodelia-sites. Pues, como yo, muchas creyeron que estas páginas web que al principio se anunciaban como arte-terapia eran inocuas. Y muchas banalizamos los efectos alucinógenos de las figuras hipnotizantes que aparecían en la pantalla, formas sinuosas que se deslizaban, siseaban y flotaban. A veces al seductor ritmo de una música chill out; otras, con la misma cadencia con que las relajantes luces cambiaban. Creando ambientes que invitaba a la paz y a la meditación. Al recogimiento. Apto para todos los públicos. Y a mí la cabeza se me iba, sumergida en mil placenteras sensaciones, con todos los sentidos abiertos. Hasta que la mente se me separaba del cuerpo, y el cuerpo, mi maldito y odiado cuerpo, desaparecía, y con ello yo me condenaba a la irrealidad: dos días seguidos mirando una pantalla. Desconectada del mundo. Sin comer, beber ni dormir. Solo tomando pastillas. Hechizada por la paz que me transmitían esas páginas, por las sustancias químicas consumidas que me activaban los circuitos neuronales del placer. Eso decían los entendidos. Inmersa en un mundo finalmente prohibido por la ley debido a los efectos alucinógenos que producía. ¿Prohibido? ¡Ja!, nos reíamos sarcásticas: en realidad, el sistema hacía la vista gorda porque estas páginas web resultaban muy convenientes para que esa juventud sin futuro de la que formábamos parte se mantuviera con la mente adormecida. ¡Beeeeeeeeee!

Lo digo ya: no soy ninguna heroína. Y lo repito una vez más: solo soy una persona desmoralizada, y ya a gritos, exclamo: ¡Cómo no lo voy a ser si nada en mi jodida situación personal ha cambiado desde que solía encontrarme con otras champiñones en la plaza del distrito! Siempre la misma mierda. O peor. La misma mierda, pero elevada al cubo. A la champiñón Olvido, una de las personas más importantes de mi vida en los últimos tiempos, la habían metido en la cárcel durante dos largos años. ¿Sigo? ¿Cuántas colegas nuestras habían desaparecido, algunas expulsadas de una ciudad cada vez más inhóspita y otras, sencillamente, de la vida? Algunas por no haber podido costearse el tratamiento de una enfermedad crónica y otras asesinadas por una de las numerosas organizaciones criminales surgidas tras el estallido de la burbuja turística. Y luego estaba lo que decían los expertos: los suicidios habían aumentado desde la crisis. Lo que se callaban eran las cifras: un trece por ciento anual, según fuentes bastante fiables.

La puntilla, cuando nos enteramos de que se había acabado con esa guerrilla urbana cuya existencia habían negado políticos y medios de persuasión con un agresivo convencimiento. No existe ninguna oposición al sistema, habían repetido. Ninguna, insistían, y de ningún tipo. ¿Boicots en las empresas de los septentrionales? De eso nada, sostenían. Hasta que se produjo la espectacular redada policial que terminó con todos sus miembros, y, con su muerte, los guerrilleros cobraron la vida que antes les había negado el establishment. Primera noticia en la portada de los principales periódicos. Declaraciones de los máximos responsables de la operación: Hemos puesto fin a las ratas que desde las alcantarillas pretendían liquidar el sistema, afirmaron entonces los políticos: un gran éxito coordinado de las fuerzas de seguridad. Y nos lo contó también Edu, y yo sentí que el aire me faltaba, y desamparo y miedo. Alguien estampó una botella de cerveza contra un contenedor. Noté entonces cómo sobre mí se cernía una creciente sensación de amenaza, de vulnerabilidad, de no tener nada a lo que agarrarnos. De que ellos eran demasiado poderosos. De que más me valía refugiarme en mi casa durante un mes entero y sumergirme en las psicodelia-sites. De que tenía más motivos para drogarme que para no drogarme. De que era preferible vivir en la irrealidad de los sueños que en la realidad de la destrucción.

Y la guinda, con el fin de parte del movimiento okupa. De los escasos focos de resistencia alternativa que quedaban en las ciudades. Intentaré explicarlo sin enervarme demasiado ni hundirme aún más en el pozo en el que estoy metida. Ser asquerosamente objetiva y reconocer que fue un gran éxito de las políticas de desprestigio, represión y desinformación aplicadas para terminar con ellos. Llamándolos piojosos, por ejemplo. Diciendo que transmitían enfermedades. ¡Oh, cielos! ¡Transmitían enfermedades! ¿De verdad transmitían enfermedades o era un bulo de las autoridades sanitarias para acabar con ellos, con quienes acusaban precisamente a los norteños de saquear el país? Un terreno ya abonado para el mazazo definitivo, para la maniobra demoledora: el confinamiento consentido de los perroflautas en el Centro durante más de dos años. Consentido, en efecto; para ello, las instrucciones del establishment habían sido claras: proporcionar a los miembros de los grupos alternativos un espacio donde instalarse. Me lo confirmó un colega que había podido escapar de su encierro: al principio había sido todo tan fácil, me dijo, y las manos le temblaron al ir a coger el vaso de cerveza. Habíamos quedado en un bar después de haber estado muchos meses sin vernos, tantos como él había permanecido recluido, y lo noté cambiado. Chasqueó la lengua nervioso y se rascó con furia el empeine del pie derecho, y yo no pude evitar recordar que se decía que los liberados solían salir bastante tocados tras el encierro. Me rasqué también el empeine izquierdo y no le pregunté cómo habían podido confiar en los políticos. Aunque sabía que él se moría de ganas de contármelo. De justificarse diciendo que, hasta llegar al acuerdo, habían mantenido un continuo tira y afloja con el ayuntamiento. Un año de encuentros y desencuentros. Mentiras y engaños. Y lo dijo finalmente y desde luego que comencé a exaltarme: ¿de verdad pretendía que yo aceptara que ellas se habían creído que el establishment consideraba un mal menor tener que cederles un espacio a cambio de que vivieran concentradas en un único lugar? Caímos en una trampa, murmuró mi colega. Pues sí. Ya lo había vomitado en su día Olvido (ojos caídos igual que los de Vanessa Redgrave): las han recluido en una cárcel de lujo. En el antiguo centro comercial abandonado y ya tomado por los hierbajos, antes plaza de toros, que van a tener que rehabilitar y acondicionar ellas mismas. Por ingenuas. ¿De veras creen que se lo han cedido solo para que no merodeen tanto por la ciudad con los perros, paseando su disconformidad e insumisión desharrapada y teñida de negro? Y en consecuencia, ella, como muchas otras, se negó a entrar en el juego.

Una reclusión de lujo. ¿Quién se iba a quejar?, se justificó mi colega chasqueando la lengua repetidamente. ¿Cómo íbamos a imaginar que desde el primer momento tendríamos a un infiltrado? Un jodido topo que se dedicó primero a persuadirnos para que aceptáramos el trato y luego a meter maraña en el grupo. Que si tú esto, que si tú lo otro. Un hijo de perra. Un cabronazo de los que hacen siglo.

Me sabía la historia y sabía lo que me iba a decir, pensé mientras me tiraba nerviosa de los pelos de los brazos: que al principio ni siquiera cerraban la puerta principal con llave, que ellos entraban y salían cuando les venía en gana, que fueron acostumbrándose al lugar, que fueron haciéndolo suyo, que cada vez salían menos al exterior... Bostecé agobiada. Y él puntualizó: … porque todo lo que necesitábamos lo teníamos ahí dentro. También drogas. LSD, setas, anfetas, ketaminas… Y el exterior, buf; era como una gran amenaza: la agresividad de los coches, armarios impasibles por todas partes, los empujones en el metro, las miradas torcidas de la gente...

(El establishment los había convertido en niños indefensos, me entristecí con solo pensarlo.)

Hasta que de pronto les cortaron la conexión a internet sin previo aviso. La respiración se me aceleró al recordarlo. No quise seguir escuchando la versión de mi colega y, aun así, fui incapaz de levantarme de la silla y decir basta, hasta aquí hemos llegado, ya tengo una vida suficientemente patética como para ir oyendo las miserias ajenas. Pero la tristeza acaba con la energía de cualquiera y yo asentí con cansancio cuando él continuó con su historia: Habían cortado, pues, todas las conexiones y nos quedamos aisladas de las compañeras, del ocio, de la información. Un fallo técnico, dijeron. ¿Quejas? ¿Íbamos a quejarnos nosotras, que nos habíamos habituado a esa vida en apariencia idílica y regalada? No, y tampoco lo hicimos cuando empezaron a restringir la entrada de gente de fuera con la excusa de que se llevaban nuestra comida. Nos pusieron en contra de ellas, de las de fuera. Y, aun así, aparentemente todo marchaba bien. Es más, ¿quién iba a creerse que algo funcionaba mal cuando en la misma fachada del Centro se proyectaban imágenes poco comprometedoras de nuestro paraíso grabadas por una cámara instalada en el interior? Es arte, nos había convencido el infiltrado. Era en realidad propaganda. No lo sabíamos y estábamos haciendo de conejillos de indias.

Cada vez el contacto con el exterior era menor. Ya llevábamos casi dos años prácticamente incomunicadas. Ignorábamos que la comunidad científica nos observaba, que nos habíamos convertido en su experimento. ¿Qué sucede cuando mil personas conviven juntas durante dos años seguidos y de forma paulatina se van reduciendo las relaciones que se mantienen al margen del grupo? Pues ahí estábamos nosotras, cada día un poco más parecidas a animales que defienden su territorio. Un espectáculo garantizado para los telespectadores de fuera y carne de laboratorio para la comunidad científica. Con brotes de violencia súbitos. Inesperados e irracionales. De pronto, unas comenzaban a pelearse con otras sin un motivo aparente. Primero venían los empujones; luego, los insultos y los gritos. Sin que apenas hubieran mediado unas palabras. Tal vez por una mirada que no había gustado. Y porque al cabo de unos meses ya estábamos cansadas de vernos todo el día la jeta. La misma jeta de siempre. De tener que soportar las taras de las otras, olores y ruidos ajenos. Que alguien te bostezara hasta en la oreja y verle cada día los pelos de la nariz a la vecina. Soportar que te taladrara con sus problemas y miserias, con sus conflictos emocionales no resueltos. Que te dijera que todo era comunitario, que nada de relaciones monógamas, que las relaciones monógamas eran burguesas y se basaban en la propiedad. Aguantar incluso sus pedos y que se te follara a tu compañera delante de tus ojos. Mecagoendios, concluyó mi colega, chasqueando una vez más la lengua. Y sin decir más palabras, se levantó de la silla bruscamente, con tanta brusquedad que la tiró al suelo, y se marchó, dejándome a mí plantada y con una cuenta pendiente de cinco cervezas. Y muchas cosas en la cabeza. Por ejemplo: la mierda del plan SOSpigs; oficialmente, un programa ideado por los septentrionales de la Alianza Europea (ex Unión Europea) para salvar de la ruina a los endeudados países meridionales (sic). ¿Y nos teníamos que creer eso?

La mañana en que mi madre nos anunció que nos había apuntado al nefasto plan, llovía tanto, después de varios meses de sequía, que las tapas de las alcantarillas de la calle bailaban sobre el asfalto. Igual que mi corazón brincaba alarmado tras una doble sesión de psicodelia. Recuerdo que ella estaba cortando una pieza de carne y, por cierto, dijo, como quien no quiere la cosa: hoy he ido a una entidad bancaria acreditada para la función pública. Silencio sorprendido en la sala. Puso sal en el bisté y continuó como si hablara del tiempo: Ya he rellenado todos los papeles para nuestra preinscripción. Necesitamos ayuda. Y yo estoy más que harta de limpiar escaleras diez horas al día y no llegar nunca a fin de mes.

Cortaba la carne con furia y fruncía los labios. Aquello no era una broma.

Opté por callarme. Pero por dentro estaba chillando.

Mi abuela fue tomando los filetes que mi madre había cortado para freírlos. Hasta que se plantó. Y bueno, dijo de pronto, y eso del plan SOSpigs, ¿qué demonios es?, y tanto revuelo con los septentrionales, ¿para qué?, gruñó; su pelo blanco en forma de un casco militar ni se inmutó pese a lo abrupto de sus gesticulaciones. Y ella conocía perfectamente la respuesta, de eso estoy segura, pero le gustaba meter maraña. Llamar la atención. Dar un toque como si avisara de que aún estaba viva. No fueran a olvidársela un día en la salita como si se tratara de un mueble y acabaran llevándosela al contenedor para tirarla. Acababa de instalarse en casa con nosotros y era consciente de que estaba de más en nuestro piso de cincuenta metros cuadrados. De que su andar arrastrando los pies nos daban mal rollo.

Ese domingo, como todos los domingos, mi prima Alicia, la que nunca se despeinaba, había venido a casa para comer. La huérfana. Pero también para fastidiarme con su presencia, para recordarme que ella era el ojito derecho de mi padre y para poner en evidencia mis defectos. Para dejar claro que me encontraba a años luz de su racionalidad, mesura, serenidad y perfección. De su mundo y sus inquietudes (pero ¿tenía ella inquietudes?). De su brillante futuro profesional y como señora de. Un fino hilo hecho de cariño y vivencias compartidas nos había unido hasta la adolescencia. Una red tejida alrededor de la familia con los recuerdos de su padre, mi tío Mateo, muerto en un accidente de tráfico cuando ella tenía ocho años. Pero ya hacía tiempo que estos nexos se habían roto y a mí me entraban ganas de vomitar con solo verla. Y aquel día, además, sentí ganas de echarla a patadas de casa cuando consiguió hacerse un hueco entre las abrumadoras palabras de mi madre para, brazos en jarras, aleccionarnos acerca del plan SOSpigs: ¿Cómo podíamos dudar de la oportunidad de acoger en casa a unas voluntarias septentrionales que así nos instruirían para que reorganizáramos la economía del hogar y saliéramos a flote? Atención, gran oportunidad. Sus cejas, perfectamente depiladas, casi apuntándome agresivas, como si yo fuera culpable por mi descreimiento.

Esa era la moto que nos vendían para que los indígenas alojásemos en nuestros pisos a unas inquilinas-asesoras procedentes del norte bajo unas condiciones de risa. Vamos, como para pasarse tres días riendo. Y con flato por reír tanto, aprenderíamos de ellos a ser eficientes, eficaces y disciplinados. Demasiado disciplinados. Beeeeee.