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Capítulo 3

En el tren, de camino a Chamonix, me pregunté sorprendida cómo habían podido convencerme para que accediera a la estúpida idea de realizar aquel viaje. Y nada más y nada menos que en compañía de Oriol Socarrats: un tipo con cara aniñada, la talla de los españoles de los años sesenta y el pelo dominado por una ridícula onda a la altura de la frente. De profesión, detective privado. La tarjeta que nos había mostrado la noche anterior así lo confirmaba:

–Divorcios, asesinatos o robos: puedo resolver cualquier caso, misterio o problema que tengan –había apuntado después de que yo, algo recelosa, le diera un repaso de arriba abajo–... y si no les devuelvo el dinero.

Alfred, en cambio, lo contempló con entusiasmo. Dos días antes mamá se había quejado porque los polis que estaban a cargo de la investigación relativa al fallecimiento de papá metían sus narices donde no les importaba. En eso estoy de acuerdo, opiné yo. Además, no son nada eficaces, apuntaló ella a continuación. Eficaces, ¿qué quieres decir?, salté. Y fue entonces cuando Alfred propuso contratar a un detective. Pese a mi oposición, él mismo se encargó de llamar a unas cuantas agencias, decidir la que le parecía la más fiable, contactar con el detective y darle las instrucciones pertinentes, y he aquí el resultado: una persona que apenas sabía francés pero que tendría que bregar con gendarmes y testigos franchutes. Estupendo, ¿no?

–Mara puede acompañarlo a Chamonix para hacerle de intérprete –sugirió Alfred tras escuchar mis objeciones. Como se sabe, en boca cerrada no entran moscas.

Me negué, naturalmente. Dije que no; que no podía ni quería ni me apetecía ir. ¿Francia? ¿Ese país cuyos habitantes parecen salidos de una película de la nouvelle vague y solo saben hablar de cosas trascendentes mientras comen apestosos quesos? Ni en broma. Creí haber resultado muy clara en mi negativa, pero al parecer no lo fui lo suficiente porque bastó con que mamá apelara a mi fibra sensible (otros hablarían de chantaje emocional) para que yo acabara cediendo.

–No podré dormir tranquila hasta que no aclare algunos aspectos oscuros de la vida de tu padre –dijo.

¿Aspectos oscuros? Cuando uno tiene una madre tan peliculera como la mía, lo único que puede hacer en estos casos es echarse a reír. Así lo hice.

–Me refiero a unos anónimos que le enviaron antes de... – continuó ella.

Mejor reír que acabar cortándose las venas, digo yo. Aunque también cabía la opción de seguirle la corriente.

–¿Qué anónimos? –pregunté.

La respuesta de mi madre no fue menos risible que sus anteriores comentarios. ¿De verdad creía que iba a tragarme que en los últimos meses mi padre había vuelto a recibir unos mensajes anónimos y que no me lo habían dicho para no preocuparme?

–De hecho, es esto lo que quiero que investigue el detective – finalizó, e imbuida del grandilocuente y lacrimógeno tono de sus novelas, añadió–: Necesito resarcir la memoria de Ernest.

Dudé por un momento si debía responder a mamá o a uno de sus dramáticos personajes, que estaría hablando por boca de Edelmira Castillo. Era algo que me pasaba con frecuencia, que no sabía si estaba conversando con ella o con la escritora. En cualquier caso, iba a negarme de nuevo a ir a Chamonix cuando mi madre, tras peinarme con los dedos, se fue a su dormitorio sin añadir nada más. No volví a verla hasta el día siguiente.

Hay veces en la vida en que a uno de repente se le ocurre plantearse qué está haciendo en un lugar determinado. Eso es lo que me sucedió ese día, cuando, sentada en el asiento del tren, contemplé a Oriol Socarrats y observé que en la cara se le dibujaba una boba sonrisa. ¿Acaso había algo por lo que mereciera la pena sonreír?, me pregunté.

–Creo que no confías en mí –soltó de golpe Socarrats.

¿Qué podía responder a esta verdad tan evidente?

–Tienes razón, no confío en ti.

¿Fui demasiado directa? Quizás. En los siguientes minutos intenté que el detective entendiera mi rechazo. Le dije que no era nada personal, que yo no confiaba en nadie. A los doce años me había enterado de que mi padre no era fiel a mi madre, y a los catorce, que uno podía hacerse la cirugía estética y retroceder diez años en el tiempo: mi madre era la más viva imagen de ello.

–Por cierto, ¿sabes que mi padre me llamaba princesa? –le puse como ejemplo de sus fantasías y de la visión distorsionada del mundo que demostraba tener.

Dados, pues, estos antecedentes, quién podía seguir creyendo que la Tierra era redonda. Para mí, desde que había cumplido los catorce años, si alguna forma tenía era la de un ectoplasma.

Pero ¿finalizaron aquí las mentiras que hicieron de mí una escéptica convencida? ¡Ni por asomo! Poco antes del divorcio de mis padres, se dijo que Ernest Muntanyà no era el único autor del libro que lo había encumbrado a la lista de los novelistas más traducidos del mundo. En algunas páginas se veía la mano de otro escritor de prosa más lírica, apuntó un crítico, que además afirmó tener pruebas de ello. Presumí, en consecuencia, que mi padre no merecía todos los elogios que había recibido por su novela sobre las desventuras de unos escaladores en el K2, una historia «desgarradoramente auténtica: lo mejor y lo peor del ser humano se dan cita en la montaña de las montañas», como podía leerse en la faja del libro.

–Ah, sí, algo he leído al respecto –me interrumpió Socarrats.

Lo miré con enojo, y con rabia le pregunté qué era lo que sabía. ¿Pretendía quizá demostrar que antes de viajar a Chamonix se había chupado todas las noticias publicadas acerca de papá? Eso parecía. Socarrats comenzó hablando de la leyenda que había rodeado al descubrimiento de la novela:

–Por lo que he averiguado, se dijo que un editor había descubierto el manuscrito por casualidad después de que tu padre hubiera sufrido un accidente de tráfico en las proximidades de Chamonix. Parece una maldición, ¿no? Primero el accidente y, treinta años más tarde, su muerte también en Chamonix.

–Sí –respondí, y recordé lo que papá solía contar acerca del accidente: «Un espectáculo dantesco, como suelen decir los de la tele, mientras con complacencia un tanto morbosa pasan las imágenes de la escena: objetos personales desperdigados por la calzada, una maleta abierta con un osito de peluche dentro, un asiento en medio de la nada...».

–¿Un espectáculo dantesco? –volvió a interrumpirme Socarrats–. ¿Cuántos muertos hubo?

–Tres –respondí complacida al comprobar que el detective no se sabía tan bien la lección, pero al instante observé con cierto fastidio que sacaba una libreta de la bolsa y empezaba a tomar notas.

–¿Quiénes fueron? –preguntó.

–Un amigo de mi padre y dos pasajeros del autocar contra el que chocó su coche –contesté de mala gana.

«Fue en ese paisaje desolador de la carretera –contaba mi padre– donde el editor, testigo casual del accidente, vio un montón de folios escritos a máquina, que recogió y, quién sabe si por deformación profesional, empezó a leer. Pronto se dio cuenta de que ahí tenía un filón, una historia, unos protagonistas y quizás incluso el premio Planeta, solo que no sabía quién era el autor, pues su nombre no constaba en ninguna parte. Las pesquisas resultaron complicadas. Muchos de los heridos no querían hablar del accidente y otros, como yo mismo, tenían un vacío en la memoria. Fue mi mujer, Edelmira Castillo, entonces mi novia, la que dio la pista definitiva sobre la autoría del manuscrito. Contó que yo había estado en el K2 y que le había hablado de la novela que pretendía escribir. Debo decir que yo todavía permanecía en el hospital, no recuperado de la amnesia.»

–Y el amigo de tu padre, el que murió, ¿recuerdas cómo se llamaba?

–No –respondí, pero, aunque hubiese tenido una mínima idea de cuál era su nombre, no se lo habría dicho. Más que nada por fastidiar. De todas formas, lo que en realidad sucedió nunca iba a saberse. Y hasta qué punto mi madre había manipulado esta historia, como mucha gente sospechaba, menos.

–Una vez leí en un libro –le comenté a Socarrats, al hilo de

mis recuerdos– que con frecuencia son los secretos los que hacen que una relación se mantenga en pie, los que unen a las personas.

Ojalá nunca lo hubiera dicho. Socarrats dedicó todo el trayecto que había entre Barcelona y Portbou a discurrir acerca de los secretos, su especialidad. Doscientos kilómetros de blablablá; dos horas de bostezos. Y es que a través de los secretos podía entender cada vez mejor los intríngulis de la mente humana, me dijo con aire de suficiencia. Y el conocimiento es poder, apostilló: saber el porqué de las cosas permite controlar mejor las situaciones.

–Ya, seguro que tú eres un devorador de las revistas del corazón –lo corté.

–La naturaleza humana nunca deja de sorprenderme – continuó, ignorando así mi ironía–. Son tantos los mecanismos que utilizamos para sobrellevar nuestras limitaciones, lo efímera que es la vida, lo ignorantes que somos, el vacío que...

Habíamos llegado a Portbou y aún quedaban unas cuantas horas de viaje hasta Ginebra. Siete, exactamente, y Socarrats parecía tener tantas ganas de hablar que daba miedo. Y con razón: ¿puede haber algo más temible que un tipo que es capaz de estar dándole a la lengua durante siete horas seguidas? Sí, un tipo que encima dedica estas siete horas a filosofar, a lo Sartre, sobre la fragilidad de la existencia humana. Por ejemplo, Socarrats. Cogí un libro e intenté concentrarme en su lectura. No lo conseguí. Mi colega tenía esa extraña y molesta manía de tararear continuamente, fuera una ópera o el más horrendo hit parade de los años ochenta. Sufría de horror vacui, observé, y allá donde iba siempre lo acompañaba un extenso repertorio de sonidos: solía mugir mientras comía, bostezaba con gran alboroto, sus huesos crujían a menudo y cuando estaba ocioso se entretenía tamborileando en la mesa.

–¿Nunca se te ha ocurrido estudiar percusión? –le pregunté al cabo de un rato, cuando ya me sentía tan crispada por sus muestras de musicalidad que comenzaba a plantearme la posibilidad de encerrarme en el lavabo hasta que acabara el viaje.

–¿Molesto?

–No, de hecho podría ser peor si tuvieras ecolalia.

–¿Eco qué? –preguntó al tiempo que imitaba el chuc chuc del tren.

–Ecolalia, una perturbación... Déjalo.

Socarrats debía de ser el típico ejemplo de hijo de una familia numerosa que necesita llamar la atención provocando toda clase de ruidos, se me ocurrió en aquel momento.

–¿Tienes hermanos? –le pregunté.

–No. ¿Por qué?

Otra cosa que no soportaba de él era su manía de acabar todas las frases con un «por qué».

–Por nada –contesté.

–¿Y tú? ¿Tienes hermanos?

–No.

–¡Ah! Eso explica que hables sola.

¿Tendría que haberle dado una patada en la espinilla por sus impertinentes palabras? Quizá, pero en vez de eso respiré hondo y procuré ignorar los sentimientos que en aquellos momentos me invadían, ninguno de ellos positivo, hacia una persona que mamá y Alfred tanto habían halagado. En pocas palabras, don

Perfecto. Reconozcámoslo, así era. Es más, debo decir que su perfección se localizaba básicamente en los pies. Tuve ocasión de vérselos cuando, tras pedirme permiso para descalzarse, se quitó los zapatos y los calcetines. Ni siquiera le olían, y tampoco observé en ellos llaga alguna que los afeara un poco o una uña morada que les restase belleza. Todo lo contrario. El empeine descendía suavemente, sin cambios bruscos en su curvatura, hasta el nacimiento de los dedos, y el talón era redondeado y, al mismo tiempo, firme y decidido. Unos pies de escultura griega clásica, en definitiva. Unos pies de Adonis.

Socarrats era además ingenioso, inteligente y nunca estaba de mal humor. En los minutos, horas y días siguientes tuvo ocasión de hacer alarde de todas estas cualidades, para mi desespero. Ya estuviera en un restaurante o interrogando a un testigo. Ya fueran las diez de la noche o las ocho de la mañana. O aunque yo estuviera muy cansada, como cuando llegamos a Chamonix, y con poco aguante para soportar sus inoportunos comentarios:

–¿No te parece que tu maleta pesa mucho? –me preguntó mientras bajábamos del tren.

Me puse en guardia.

–Apuesto lo que quieras a que adivino lo que llevas dentro – añadió.

No contesté, lo que él pareció interpretar como una invitación a que continuara con sus estúpidos acertijos:

–Un pijama de rayas azules y negras, un neceser de tela tejana y un libro... mmm, déjame que me concentre –simuló con los ojos entrecerrados–; creo que veo el título. Es La dama de blanco, de Wilkie Collins.

Henchida de satisfacción, caí en la trampa y le dije que no había acertado. Mi pijama era negro.

–Por favor, quieres mirar lo que hay dentro de la maleta –me pidió.

Allí había un pijama de rayas azules y negras, y no era el mío, además del libro de Wilkie Collins que Socarrats había mencionado, y que tampoco sabía de dónde había salido. Sin mediar palabra, regresé corriendo al andén para buscar al pasajero que supuestamente debía de haber cogido mi maleta por error. Pero el tren se había marchado. Volví a mirar en la bolsa y, al lado del pijama de rayas, vi mi pijama negro. Y junto al neceser de tela tejana, el mío. Me dirigí furiosa hacia Socarrats para pedirle una explicación por su ¿broma? ¿Había sido aquello una broma?

–Te lo iba a decir antes pero no me has dejado –me aclaró–: he tenido que poner mis efectos personales en tu maleta porque la mía tenía la cremallera rota. Por favor –añadió–, ¿me dejas que la lleve? No vas a poder con ella. También he metido mis pesas para hacer ejercicios.

–¿Quieres llevarla tú? Pues aquí la tienes –respondí al tiempo que la dejaba caer pesadamente sobre su perfecto pie de Adonis. Socarrats emitió un aullido y yo me dije que se lo había merecido. ¿O no?

Desde Ginebra, todavía nos quedaba una hora de trayecto en autocar hasta Chamonix, que hicimos en silencio. Por fin, ya entrada la noche, llegamos a nuestro destino. Lo primero que hice al bajarme del autocar fue mirar a derecha y a izquierda, y lo único que vi fueron montañas y más montañas. Estábamos rodeados por todas partes de altísimas cumbres nevadas. Sentí cierto ahogo, una sensación parecida a la claustrofobia, de la que solo me recuperé cuando llegamos al hotel. Quedé gratamente sorprendida por la elección que había hecho Alfred: un establecimiento de cuatro estrellas situado en el centro de la población. Con su tejado a dos aguas, se trataba de un edificio

de aspecto alpino, si se exceptuaba la señorial escalera, con porche de madera y flores en los balcones. Eché un vistazo a la carta del restaurante y me dije que el sitio no podía ser más acertado. Esta vez Alfred se había superado. También Socarrats parecía satisfecho. Nos dirigimos a la recepción y explicamos que teníamos una reserva de dos habitaciones, pero el recepcionista, tras comprobar la lista de huéspedes, nos entregó un único juego de llaves.

–La suite nupcial –añadió con cierto tono de sorna.

¿La suite nupcial? Imposible. El recepcionista nos mostró la reserva que había hecho nuestro estimado Alfred. Yo solté un exabrupto. Socarrats resopló contrariado y chasqueó la lengua con fastidio, como para hacer más patente su disgusto. Pero no resolvió nada. El hotel estaba lleno e iba a resultar difícil encontrar habitación, nos informó el recepcionista. Aun así, tras unas diligentes gestiones, conseguí que nos dieran otro dormitorio, este situado en la zona de servicios, debajo del cuarto de la caldera. Si Socarrats se ponía tapones en las orejas, no tendría ningún problema para dormir allí la mar de bien. Tan bien como yo dormiría en la suite nupcial, sumamente acogedora con sus paredes forradas de madera y una chimenea eléctrica, amén de un enorme espejo en el recibidor que me apresuré a cubrir con toallas apenas me instalé. ¿Para qué exponerme a ver mi imagen reflejada en una habitación tan maravillosa y estropearlo todo?

A la mañana siguiente, exactamente a las ocho, Socarrats ya estaba golpeando mi puerta. Teníamos mucho por hacer y no era cuestión de pasarse el día durmiendo, me dijo. Nos encontramos en el bufé, un nauseabundo salón lleno de cortinas floreadas y sillones tapizados a juego. Socarrats, que debía de llevar allí un buen rato, parecía un lozano estudiante de Berkeley, United States of America: tenía el pelo engominado y olía a aftershave.

Yo, en cambio, apenas había tenido tiempo para peinarme, y menos para escoger unos calcetines más discretos que los que me había puesto en aquella ocasión y que, con la alegría del arcoíris, se asomaban por unos pantalones que me iban algo cortos.

Encendí un cigarrillo, le di una intensa calada y contemplé con gozo el humo gris que me envolvía. Socarrats me miró con cierto reproche y apartó su zumo de naranja del alcance de mi contaminante nube mientras carraspeaba de forma algo exagerada:

–¿No es un poco pronto para empezar a fumar? Todavía no has comido nada.

–Tienes razón –convine, y me dirigí al bufé, de donde regresé cargada con una bandeja llena de calóricos cruasanes de mantequilla.

Socarrats me miró escandalizado y silbó con admiración. Yo encendí otro cigarrillo y respondí a su impertinencia echándole todo el humo en la cara. Por toda reacción, el detective me apremió para que me acabara los cruasanes, al tiempo que se levantaba de la mesa:

–Te recuerdo que a las nueve tenemos cita con el jefe de policía de Chamonix –me informó–. Tal vez pueda decirnos si hay alguien en la zona que tenga antecedentes por chantaje.

Fuimos a la comisaría andando, pues quedaba cerca del hotel. Bien, Socarrats fue a paso militar y yo lo seguí jadeante y maldiciendo la hora en que se me había ocurrido zamparme un desayuno tan excesivo. Derecha, izquierda, tres calles hacia abajo y ya habíamos llegado, y encima puntuales como un reloj suizo, ni un minuto antes ni un minuto después. Socarrats había encontrado la dirección con tal seguridad que parecía que hubiera vivido en Chamonix toda la vida.

El jefe de policía no nos esperaba tan pronto. Confiado en que, como buenos latinos, llegaríamos tarde, estaba tan a gusto disfrutando de un café con leche y un cruasán. Con los mostachos todavía teñidos de café, primero refunfuñó y luego me dio el pésame, en este orden. Por último, nos preguntó qué era lo que queríamos saber.

Socarrats iba a abrir la boca cuando el tipo, sin esperar su respuesta, comenzó a repetir como un loro las averiguaciones de los gendarmes referentes al fallecimiento de papá: al parecer, se había instalado en la cabaña a mediados de enero, después de llenar el armario con la suficiente cantidad de provisiones como para aguantar al menos treinta días sin pisar la civilización. Esa era su idea: permanecer un mes aislado en plena montaña para buscar localizaciones, inspirarse y escribir el guión del programa piloto que iba a presentar a una productora. Como ni siquiera los todoterrenos podían acceder a la zona donde estaba la cabaña, un amigo lo había acompañado hasta el final de la carretera y a continuación entre ambos habían cargado con los víveres hasta el refugio, para lo que habían tenido que hacer varios viajes.

¿Y eso qué tenía que ver con el chantaje que había sufrido papá?, me planteé, y lancé una mirada escrutadora a Socarrats, que le siguió la corriente al policía:

–¿Puede darnos los datos de este amigo? –me hizo preguntarle.

–Se llama Francesc Bonmaison. Su madre es catalana pero vive aquí –contestó.

Al oír ese nombre, Francesc Bonmaison, casi me da un pasmo, pero opté por no decir nada.

–Esto es cuanto puedo contarles. Mi ayudante le pasará el número de teléfono de su madre –acabó el gendarme, y volvió

a concentrarse en el desayuno. Sin embargo, aún no sabía lo difícil que era desembarazarse de Socarrats, que con un catalán con pretensiones galas intentó reconducir, aunque con pocos resultados, la entrevista a fin de centrarla en los mensajes anónimos que mi padre había recibido.

Entre tanto, yo me esforzaba por atender a su conversación, pero sin otro café no había nada que hacer y decidí bajar a la cafetería. Cuando regresé, después de haber ingerido mi necesaria dosis de cafeína, lo que antes había sido la ordenada mesa del jefe de policía, con sus correspondientes bandejas de informes, denuncias y pruebas, se había convertido en un revoltijo de objetos varios: una cartera, ropa, papeles, una postal antigua de la actriz italiana Silvana Mangano en cuyo reverso mi padre había escrito «Su tocaya para mi princesa»... Y en un extremo, un sobre en el que figuraba el nombre del propietario de aquellos objetos, Ernest Muntanyà.

Socarrats volvió a sacar su libretita e hizo una lista de todos los objetos que allí había. ¿Era realmente necesario todo aquello?

Esa noche, mamá me telefoneó al hotel para interesarse por el estado de laspesquisas. Resultados, pocos, le dije, y como temí que mi respuesta diera lugar a una sucesión de quejas, le conté que el día de su muerte papá vestía unos pantalones de pana gruesa y una camisa a cuadros, de tipo leñador.

–Estaba tan elegante con los pantalones de pana –lloriqueó mamá.

No le dije que la ropa estaba algo sucia, como si papá no la hubiera limpiado en mucho tiempo. Otro detalle extraño: llevaba calcetines blancos.

–¿Calcetines blancos? –exclamó–. Hija, ¿seguro que no se han confundido? ¿No serán esas las pertenencias de otro?

Eso mismo le había preguntado yo al policía.

–¿Algún problema con los calcetines blancos? –me había contestado.

Sencillamente, que papá nunca llevaba calcetines blancos. Sin hacer caso de mi comentario, el policía había continuado extrayendo del sobre todo lo que se había encontrado en los bolsillos de los pantalones, objetos que formaban parte de las pruebas y que no nos podíamos quedar. Entre ellos había un móvil sin batería; mensajes o llamadas perdidas, unas cuantas: tres de ellas mías. Recordé los contradictorios sentimientos que me habían asaltado en las últimas semanas y todas las veces que, aun sabiendo que no tenía sentido llamarlo, lo había telefoneado, y entonces se me escapó una lagrimita. Socarrats me tendió un pañuelo blanco e impoluto y examinó el aparato. Además de las mías, no había muchas más llamadas. La compañía telefónica había cancelado el contrato por impago de facturas.

–Por cierto, mamá –proseguí–. ¿Te acuerdas de Francesc Bonmaison?

Al otro lado de la línea oí un aullido y una maldición, y en ese momento retrocedí hasta el día en que por primera vez oí hablar de este tipo.