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Capítulo 2

Llevo dos horas sentado delante de este cuaderno que ahora está lleno de migas de magdalenas y de manchas de leche con Colacao. No es culpa mía si a mi boli no le salen las palabras. Es culpa de mi madre, que los compra en los chinos porque son más baratos. Eso dice ella, pero yo le respondo, con innegable lógica, que China está muy lejos, lejísimos, y que cuando los bolis llegan hasta aquí la tinta ya está seca. Y entonces pasa lo que pasa, que llevo dos horas delante del cuaderno y mi boli se niega a escribir. Es lo que se llama una huelga de celo del colectivo de los bolígrafos.

–No entiendo por qué no puedes comprar los bolis en las tiendas normales como hace la gente normal –le digo a mi madre, y ella me mira con esa cara que pone justo cuando va a decir: «Creo que necesito una tila», y se toma la tila acompañada de un tranquilizante.

Visto que no se da por aludida y no se ofrece para solventar el problema, decido contraatacar con otra estrategia:

–Muy bien. Voy a tirar el boli a la basura –anuncio, y ¿qué crees que me responde mi madre? Se aceptan apuestas:

A) Mi madre me dice que va a ir a buscar un boli que no sea chino; B) mi madre coge el boli y lo prueba y lo reprueba. Me dice que tengo razón y me da dinero para que vaya a la tienda de los chinos a comprar otro.

–Muy bien. Si es lo que quieres –responde ella con cara de muermo.

Pongo yo también cara de muermo y me quedo sentado con los brazos cruzados. De morros. Pasa un minuto y luego dos y mi madre como si nada. Me tiro un pedo y ni se entera. ¿Tendré que romper un plato para que reaccione? De pronto, el boli toma la iniciativa y, ya sea por llevar la contraria, comienza a escribir como un loco y a llenar páginas y más páginas de este cuaderno. Al final tengo que decirle que pare porque mi mano está requetecansada. Ufffff. Intento leer lo que ha escrito y no puedo porque todo está en chino mandarín. A partir de ahora, le digo al boli, vamos a hacerlo todo a mi estilo, o sea, rollo formulario, y con letras que se entiendan bien. Así que procedo con la tarea, como dicen los detectives en la tele, y empiezo a escribir algo parecido a una presentación de mí mismo para que la gente sepa con quién se las va a tener que ver de ahora en adelante:

-Nombre: Pol Almirall

-Edad: 12 años. Nací el 7 de julio.

-Aspecto físico: Digamos que no soy precisamente Brad Pitt y que más bien parezco el malo de la película. Que solo verme, la gente ya se caga de miedo. Llevo hierros en los dientes y soy tuerto del ojo izquierdo desde que nací. O sea, igualito que un pirata, pero sin pata de palo y en versión cabreada. Es más, soy, como se dice ahora, un indignado. Hay un montón de cosas que me indignan. Por ejemplo: las señoras que van muy pintadas y estampan los labios en las mejillas cuando besan, la risa tonta de Alicia y, cómo no, el calentamiento global del Planeta. Pero no hay nada que me requeteindigne más que las sorpresitas navideñas de mi abuela. «¡¡¡¡Yuju!!! Adivina qué te he traído», me dice, y yo sé que, como los humanos son animales de costumbres, me habrá regalado otro parche. Hay que joderse. «Por favor, por favor, por

favor –suplico a no sé quién–, que no sea de cuadros escoceses, que sea al menos del Barça». Y resulta que es un parche con puntillitas. Peor imposible. ¿Dónde han quedado, me pregunto, los juegos para la wii que todos los años le pido por Reyes? Y no me valen excusas como que las pensiones están por los suelos. Eso que lo digan los políticos, pero no mi abuela. No cuela.

Lo de que no tenga ojo es algo que la gente no lleva muy bien: las madres me miran con lástima y en el colegio me ponen motes que no voy a escribir aquí. A los motes ya me he acostumbrado; a otras cosas, no. Por ejemplo, a que el Abusón de la clase me amenace todos los días para que le enseñe lo que hay debajo del parche.

¿Alguien se está preguntando quién es el Abusón de la clase? ¿Nadie? De acuerdo, no interesa. Pero aun así diré que, como se sabe, en la vida de todo quisque siempre hay un abusón. Eso lo dijo alguien importante. En mi caso, el Abusón mide un palmo más que yo y tiene tres hermanos mayores que siempre le zurran. Como no puede con ellos, se toma la revancha con los que somos más bajitos, que somos todos, pero últimamente más conmigo. Es la ley de la vida, me dijo el quiosquero de la esquina, un tío que piensa: los de arriba machacan a los de abajo, y los de abajo a los de más abajo, y así hasta el final de la cadena, donde están los Pringados con mayúscula. Cosas de la vida, pero parece que el hecho de machacar a otros pringados inferiores ayuda a olvidar que unos pringados superiores le ha dejado a uno convertido en polvo y con un diente roto.

El Abusón suele esperarme todas las mañanas en una esquina, y yo, que lo veo de lejos, echo a correr y... zummmm, bato el récord mundial de velocidad de los doscientos metros y lo esquivo. Otros días, en cambio, no estoy para proezas olímpicas y decido desviarme de mi camino, pero entonces llego cinco minutos tarde a clase y la Rotweilwer me suelta un moco. Y la verdad es que ya no sé qué es peor, si una profa enfadada o un abusón con ganas de pelea.

De acuerdo, no tendría que haber dicho por ahí que por el hueco de mi ojo se me podía ver parte del cerebro. Pero lo dije. Cagada pastoret. Son las cosas que tengo, que a veces hablo demasiado. Y el Abusón, que además de abusón se las da de listo, no me creyó y desde entonces siempre está encima de mí, espiándome como un agente de la CIA, con su apestoso aliento a chicle de regaliz contaminando el aire que me rodea. Hasta que hace poco decidió pasar a la acción: como yo no quería dejarle ver mi no-ojo por las buenas, decidió verlo por las malas. Eso es lo que me dijo, que se habían acabado los intentos de soborno con bocadillo de pan con chorizo pata negrísima. Y así fue: esa misma tarde me esperó en la esquina del cole, puso cara de kamikaze y se echó a correr detrás de mí gritando como un indio siroux.

Ese día, después de que el Abusón me diera el gran susto de mi vida, llegué a casa con la cabellera sana y salva, pero con un molesto runrún en la barriga: sabía que tarde o temprano mi enemigo atacaría de nuevo. Él acababa de desenterrar su hacha de guerra y para mí había comenzado la ley de la selva: «Te machacan o machacas». Así fue: a la tarde siguiente le oí hablar en el lavabo con el cachas de la clase. Hablaban sobre mí, y mientras fumaban como cosacos. Y eso que fumar es uno de los siete pecados capitales del mundo.

–El PacoPecas dice que oyó que a través del agujero del ojo se pueden ver sus pensamientos –le decía el Abusón–. Escenas calentorras, ya sabes...

El Abusón, además de ser abusón y dárselas de listo, es un guarro.

–Tías en bolas –se animó el Cachas–. Tías de la clase en bolas.

–¡La Rotweilwer en bolas! –dijo el Abusón, y los dos comenzaron a reírse como si aquello tuviera algo de gracioso.

–O la Bea... es fea pero le están saliendo un buen par... ¿eh? –respondió el Cachas cuando dejó de reír.

En ese momento me vinieron ganas de darle una lección por hablar así de mi exnovia, y lo habría hecho si no hubiera sido porque el Cachas es quien es. El Cachas no es todavía un cachas, pero algún día lo será porque su padre, que es poli, lo ha apuntado a un gimnasio para sacar algo de provecho de él, ya que no puede sacarlo de su coco. Dice que tiene los músculos del cerebro atrofiados. Se lo dijo chillando a la profe delante de un montón de gente y, desde entonces, cada vez que el Cachas hace una división mal, que es casi siempre, alguien le dice que tiene los músculos del cerebro atrofiados. «Atrofiado», como supimos por el diccionario, quiere decir que algo no funciona, en este caso sus sesos. ¿Y qué importa? El atrofiado de cerebro va a convertirse algún día en un poli musculitos y eso le interesa mucho al Abusón porque con él podrá ser más abusón todavía. He aquí la razón de que últimamente se hayan vuelto inseparables, culo y mierda. Es como si Stallone se juntara con Schwazenegger, por decirlo de alguna manera.

Total, que aquella patética tarde el Stallone y el Schwazenegger catalanohispanos se habían juntado en el lavabo, donde estaban de palique. Blablablablabla. Alguien se preguntará qué hacía yo allí y cómo era posible que ellos continuaran hablando como si yo no existiera. ¿Nadie se lo pregunta? Pues lo contaré igualmente. Como todo el mundo sabe, un retrete sirve básicamente para dos cosas: para pensar sin que nadie te moleste demasiado, cosa que yo estaba haciendo cuando aquellos dos bárbaros habían llegado, y para mear, cosa que iba a hacer en ese preciso instante. Fue entonces cuando escuché lo de «El PacoPecas dice que oyó que a través del agujero del ojo se pueden ver sus pensamientos». ¡¡¡Alto ahí!!! Estaba clarísimo que si meaba era hombre muerto. Me oirían, se enterarían de que en el lavabo había alguien más aparte de ellos y me cortarían la lengua para que no me chivase. La lengua o lo que sea.

Hay una ley universal que dice que cuando más se impide hacer algo, más ganas se tienen de hacerlo. Por ejemplo, mear. Otra ley dice que cuando alguien abre un grifo, a todo el mundo le entrar ganas de ir corriendo al váter. Efectivamente, en aquel momento alguien abrió un grifo y con eso las dos leyes quedaron demostradas. Joooooder, dije, por ser aquella una situación especial. Mi vejiga iba a estallar de un momento a otro y las paredes del lavabo quedarían salpicadas con mis vísceras y mis líquidos. Pero tenía que aguantar. Tenía que decidir qué era peor, si morir por la explosión de la vejiga o morir apaleado por Stallone y Schwazenegger. Sin duda, peor lo primero, pensé mientras notaba que un hilito de pis caliente me bajaba por la pierna. ¡¡¿Qué digo un hilito?!!! ¡¡¡Un tsunami, una ola gigantesca que casi inunda el baño!!!

No quise mirar hacia abajo. Aunque intuía muy bien cuál era el estado de mis pantalones. Lo notaba. Estaban asquerosamente mojados. Chorreando. Tenía lo que se dice un problema, en realidad dos. Problema número uno: si la gente me veía con los pantalones meados, se reiría de mí. Problema número dos: si Stallone y Schwazenegger me veían con los pantalones meados, primero se reirían de mí y luego me machacarían. En buena me había metido. Solo me quedaba una solución: volver a casa y dejar que mi madre hiciera conmigo lo que quisiese. Era muy posible que también me cascara, pero al menos no se reiría de mí.

Esperé a que el timbre de la clase sonara para salir del váter y largarme. Esperé y esperé y al fin oí el piiiiiiii del timbre mezclado con las voces de cientos de alumnos chilladores. Hasta que todo se quedó en silencio. Imaginé entonces que Stallone y Schwazenegger ya se habrían ido, pero por si acaso abrí la puerta poco a poco, miré por la rendija con mi único ojo activo y solo vi humo. Me interné entre el espeso humo como si estuviera en plena selva, abrí con cuidado la puerta del lavabo que daba al pasillo y miré otra vez con mi único ojo activo. Cero enemigos

a la vista. ¿Seguro? Dudé unos instantes. Pirárselas a casa cuando uno debería estar en clase tiene un nombre: los mayores lo llaman hacer campana, y yo nunca había hecho ninguna campana. Intenté convertirme en el number one del disimulo. Como si no pasara nada. Salí tan pancho del lavabo, con las manos en los bolsillos y silbando una canción, y a medio pasillo me eché a correr como si fuera Fernando Alonso y Nelson Piquet me estuviera pisando los talones. ¡Fiiiiiiiuuuuuu! Cuando llegué a casa nadie me pisaba los talones, pero a mí ya me fallaba la carrocería, lo que significa que tenía flato.

Al menos podría quitarme los pantalones y llenarme la barriga con porquerías. Me lo merecía. O al menos eso es lo que yo pensaba.

Pero las cosas nunca salen como uno espera.

Y ahora, chavales y chavalas del mundo, me gustaría saber a cuántos de vosotros os dan sin problemas las llaves de casa. Pues yo he de decir que tengo doce años y que mi madre no quiere dármelas. Tiene miedo de que las pierda. ¡¿Cómo?! ¿Que las pierda yo? ¿Cuántas veces las ha perdido ella? Una vez incluso las tiró a la basura sin darse cuenta. ¿Es o es injusto? En fin. Lo que interesa de lo que acabo de decir es que yo no tenía llaves y que ese día no había nadie en casa. Y nadie significa absolutamente nadie. Ni una maldita cucaracha que pudiera abrirme la puerta. Y yo, mientras, requetemojado, requeteindignado y requetetodo. Así que me senté en el bordillo de la entrada y me puse a pensar en todos los bocadillos que me esperaban en el futuro no muy lejano. Esto, para darme ánimos.

De pronto, alguien se paró delante de mí. La miré con mi único ojo activo y pude oír por la oreja derecha, y también por la izquierda, que me decía algo así como:

–Yo a ti te conozco. ¿Tú no vas a clase con mi hija?

Ojalá que Stallone y Schwarzenegger me hubieran machacado en el lavabo, pensé en ese momento. Deseé también que Nelson Piquet me hubiese atropellado con su bólido hasta convertirme en papilla. Y es que ese alguien que tenía delante era la madre de Alicia, de esa niña que, por si se ha olvidado, no llevaba ortodoncia, la invitaban a todas las fiestas y tenía un buen saque de fútbol. Algo así como yo, pero al revés. Mi imagen invertida en el espejo.

–¿Cómo es que no estás en clase? ¿No tendrías que estar en la escuela? Y tus padres, ¿no están en casa? –me interrogó.

Esto es algo típico de los adultos: te agobian a preguntas hasta dejarte mareado y así luego pueden hacer lo que quieren contigo. Como convertirte en un niño obediente que limpia los platos después de cenar. Evidentemente, me quedé sin responder. Tenía que decidir a cuál de sus preguntas contestaba primero. Y evidentemente, ella intentó acabar con mi voluntad disparándome otra pregunta:

–¿Te pasa algo? –insistió, y yo volví a no responder–. ¿Qué te parece si vienes a mi casa y esperamos allí a tus padres? Al menos así no cogerás frío.

No dije ni que sí ni que no. Si algo había aprendido de mi experiencia con Stallone y Schwazenegger, era que con la boca cerrada no se pueden decir muchas tonterías.

–Y de paso te preparo la merienda –acabó, y me sonrió con una amplia y metálica sonrisa a lo Frankestein.

Supe entonces que podía confiar en la madre de Alicia, y no por lo de la merienda. Fue por lo de los hierros en los dientes, porque vi que ella también llevaba hierros, y las personas con hierros en los dientes me dan buen rollo.

Nos pusimos en marcha y cuando llegamos al semáforo no me cogió de la mano ni me agarró por el codo, como hace mi madre para asegurarse de que no voy a atropellar a ningún coche. Empezaba a pillar que la madre de Alicia era diferente a las madres que yo conocía: no reñía, no ordenaba y no se quejaba. La madre de Alicia estaba a punto de convertirse en una verdadera heroína para mí.

Me pregunté si me dejaría que la adoptara como progenitora.

Dos semáforos más tarde, nos paramos delante de una extraña casa azul. La casa de Alicia. Entramos y lo primero que mi heroína hizo fue tirar su abrigo encima de un sofá. Supuse que no tenía perchero ni nadie que le diera la tabarra con eso de «no quiero que dejes las cosas tiradas de cualquier manera». La imité y, como ella, también me quité los zapatos. ¿Y esa merienda?, le pregunté, y la madre de Alicia me dijo que luego y me trajo unos pantalones de chándal de su hija para que me cambiara. Arrugué la nariz. Alicia se enfadaría mucho si se enteraba de que me había puesto su ropa, y después se lo contaría a todo el mundo, y todo el mundo, desde los chinos mandarines hasta los japoneses karatekas, se reiría de mí.

–No se lo diremos –me respondió su madre, y ese plural del «diremos», ese tú y yo, me sentó tan bien como unas vitaminas extra. Vaya, que le hice caso y me cambié en el lavabo.

Cuando regresé a la cocina, ya estaba preparándome la merienda. Aproveché para cotillear un poco. Sobre un estante había una foto en la que salía una niña con gafas de culo de botella y pecas hasta en las orejas. No era Alicia.

–Menudo cardo. ¿Quién es? –pregunté.

–Yo con siete años –me respondió.

Cagada pastoret, que decimos en mi tierra. Ya se me había acabado el chollo, pensé. ¿Podría llevarme al menos la merienda a casa? Mejor no preguntarlo y marcharme de puntillas. Pero no, aún no había llegado el momento de irme. La madre de Alicia me cogió por banda y empezó a largarme un rollo: que si de pequeña se burlaban de ella en el cole, que si la llamaban cuatrojos por llevar gafas y que si tal pascual. Y por eso, me dijo, se había convertido en oftalmóloga infantil. Pronto, su rollo empezó a sonarme familiar. Quiero decir que me contó cosas de cuando era niña que yo también he vivido, cosas por las que he pasado. Eso de que te dejen de lado y de que solo se acerquen a ti para que les resuelvas un problema en matemáticas, por ejemplo. La oía y casi me parecía estar hablando yo. Increíble, ¿no?

Ya eran casi las cinco cuando me despedí de mi heroína. En una mano llevaba mis pantalones mojados y en la otra una tarjeta de la consulta donde ella trabajaba como oftalmóloga, y sin poder evitarlo sonreía. ¿A quién le importaba ya que entre los hierros pudiera tener restos de lechuga?