Página principal

Capítulo 1

La lavadora llevaba un mes estropeada y en la televisión ya no se veía ni el canal de La tienda en casa. ¿No estaría sufriendo una maldición de mis muertos que hacía que nada funcionase? Seguramente. Y con el ascensor fuera de servicio no me veía ni con fuerzas para bajar al bar. Decidí recluirme en casa y sobrevivir a base de gazpacho y vino en tetrabrik. Lo que hice hasta hartarme, una vez más, de mí mismo y del mundo entero. Hasta no poder más y hasta el más tedioso de los aburrimientos, y aburrido me dediqué a contar los días que faltaban para Navidad y a cortarme las uñas. (Mientras, la culpa me torturaba y el pasado me perseguía.) Lo que fuera con tal de tener la mente distraída. Limpié el lavabo y me preparé un ponche con el gazpacho. Bebí más para olvidar y solo conseguí recordar. Mal asunto. Voces. Comencé a oír voces. Encendí la radio en mi dormitorio y puse un disco en la salita. Subí el volumen de la radio y enchufé el aspirador a la máxima potencia. Y continué oyendo, entre otras, la voz de mi difunta esposa Teresa.

¡¿Quieres callarte de una puta vez?!, le grité. Y entonces se hizo el silencio.

Y volvió la soledad. ¿Pues no era yo un apestado al que nadie quería acercarse, amén de una compañía nada alegre, un hombre sin ilusiones y al que la pena estaba hundiendo? Pero también las visitas que ya entonces acostumbraba a recibir de mi difunta, sobre todo cuando había bebido más de la cuenta y tenía poca capacidad de reacción. Y mucho dolor de cabeza. Me decía Teresa, en estas ocasiones, que Bárbara Müller nos había arruinado la existencia. Bárbara Müller, recuerdas, insistía para mortificarme. Lo recuerdo, respondía yo, y también lo que te prometí en tu lecho de muerte: venganza. Venganza, repetía mi difunta, con los huesos temblándole de la emoción: Que pague por todo el daño que nos ha hecho. Ajajá, asentía yo con la cabeza para que se callara y me dejase beber mi vino en paz, pero ella no me dejaba en paz. Nunca lo ha hecho.

La primera vez que se me apareció fue hace cosa de un año, en el primer aniversario de su fallecimiento, precisamente: a Teresa siempre le han gustado las sorpresas e incordiar, y no por estar muerta iba a ser menos.

Le dije:

–Al menos podrías haber traído cava para celebrarlo.

No niego que mi reacción fue extraña. Hubiera sido más normal ponerme a chillar, espantadísimo, muerto de miedo, horrorizado, pero en lugar de eso continué conversando como si hubiera visto a mi difunta viva el día anterior. En situaciones extremas, ¿quién dice lo que tendría que haber dicho o se comporta de una manera razonable? Nadie.

–¿Cava? ¿Para qué, si ya tienes tu vino? –contestó ella.

En mala hora se me ocurrió ofrecerle entonces una copa. Teresa me miró ofendida, tan ultrajada como solo un muerto puede sentirse, y me soltó unas cuantas lindezas. ¿Tenía yo la culpa de que ella no pudiera beber ni comer nada debido a su estado etéreo? Me llamó insensible y se puso más pesada que una chinche, tanto que me dije a mí mismo que tendría que ir con más cuidado para no volver a meter el dedo en la llaga. Y sin saber qué más decir, y para cambiar de tema, le pregunté por sus planes de futuro:

–¿Vas a quedarte mucho tiempo aquí?

–Hasta que hayas resuelto el asunto.

Acabáramos, exclamé para mí mismo.

–Es decir, hasta que hayas ajustado cuentas con la Müller.

Dichas estas palabras, Teresa desapareció súbitamente, pero a mí me quedó un molesto runrún en la cabeza, y no por la resaca. Era el mismo runrún que sentía cuando la culpabilidad no me dejaba dormir.

Desde ese día, mi difunta adquirió la fea costumbre de visitarme cada vez con mayor frecuencia. Sin avisar antes ni llamar a la puerta. Cuando menos me lo esperaba. Cuando más a gusto estaba disfrutando de mi aislamiento y de los más degradantes y embrutecedores programas televisivos. Y siempre me preguntaba lo mismo, con su habitual tono lóbrego:

–¿Cómo va el asunto?

Y yo le contestaba:

–Ni bien, ni mal.

–¡¿Ni bien ni mal?! –tronaba ella.

Y su tronar resultaba terrible. La indignación de Teresa era tal que hacía que todos los muebles de la casa comenzaran a dar vueltas a mi alrededor. De izquierda a derecha y en el sentido opuesto al de las agujas del reloj. Hasta que yo caía desvanecido. Mientras, a lo lejos, oía que, como en un susurro, gritaba la palabra «venganza».

¿De verdad ella quería que me tomara la revancha por algo que había sucedido nada menos que diez años atrás? Pensaba en esto y podía pasarme tres días enteros riendo. ¿Por algo que ni siquiera en su momento, cuando tocaba, me había incitado a buscar venganza, pese a sentirme tremendamente responsable? Diez años atrás, repito.

Me hallaba en el fondo de un pozo del que no sabía cómo salir, de acuerdo, pero eso no significa que fuera rencoroso, creo, y desde luego no quería perjudicar a nadie. ¿Mover un solo músculo del cuerpo para hacer pagar a Bárbara Müller el daño que, voluntaria o involuntariamente, nos había causado? De eso nada. Ni que se lo hubiera prometido a mi difunta. Aunque tuviera que soportar a Teresa, tan insistente como solo puede serlo alguien que tiene la eternidad por delante. Eso en un principio. Férreo en mi negativa. Convencido en mi rechazo. Hasta que al cabo de unas semanas, para que se callara, me vi obligado a claudicar de nuevo. Así es. Aparentemente. En realidad solo pretendía marear un poco la perdiz. Sacarme el muerto de encima y ganar tiempo. Porque no podía más ya con su erre que erre.

–Si de verdad quieres que le ajuste las cuentas a la Müller –le dije a mi difunta–, antes tengo que saber qué horarios tiene, lo que hace durante el día, todos sus movimientos…Solo así podré trazar un plan sólido.

Cobarde como un avestruz, lo acepto. Nunca me he caracterizado por mi valentía, y a estas alturas de la película, en que ya me daba igual todo, menos. En cualquier caso, ya nada podría devolverme a mi hija Sol con vida.

–… Contrataré a un detective –anuncié.

–Muy bien, contrata a un detective. Tienes un montón de pasta con lo que ganaste de la lotería, ¿no?

 

Lo primero que me dijo el detective al que le encargué que siguiera a Bárbara Müller fue que no había detectado nada irregular en lo que a esta concernía. Es más, había podido comprobar que su vida transcurría sin grandes contrariedades y que tenía salud, dinero y amor [sic]. Y eso fue lo que le transmití a mi difunta. Su reacción fue todo menos conciliadora.

–¡¿Que es una tipa normal y que lleva una vida normal, sin nada sospechoso a lo que agarrarnos?! –Teresa me fulminó con la mirada–: Solo te falta afirmar que es una bellísima persona para que yo acabe resucitando del susto.

 

Despedimos a este detective y contratamos a otro. Este último nos aportó más datos que su colega. Dijo que el único vicio de esta mujer de veintisiete años y madre de una cría de siete era trabajar. Pues vaya un vicio: trabajar y trabajar solo para ganar dinero en la empresa de comunicación que su exmarido, el padre de la niña, le había montado. ¿Nada más?, pregunté sardónico. Sí, también le gusta apostar por todo, en Bolsa o en un partido de tenis. Y no fuma y tampoco bebe. Pues vaya panorama, me dije a mí mismo. ¿Problemas con Hacienda, irregularidades contables, cuentas en paraísos fiscales?, inquirí esperanzado. Negativo. ¿Entonces?, insistí. ¿Aspectos poco claros de su vida sentimental? Tal vez, me concedió el detective, haciéndose el misterioso, quepa mencionar un apego excesivo a su primer noviete, Georges, al que conoció justo antes de casarse con su ex, y, ¿qué quiere que le diga?, pero ¿no es un poco extraño que en la actualidad apenas se le conozcan relaciones? Extraño, ¿por qué? A mí tampoco se me conocen relaciones, respondí, y fue tal el ofensivo gesto del señor detective que preferí ignorarlo y continuar con el interrogatorio: ¿Puntos débiles? Ahí sí que me resultaron de interés sus palabras: su hija, me dijo, a la que sobreprotegía con sus cuidados y su cariño. Se llamaba Ariadna e iba a una escuela privada en la zona alta de Barcelona. Clases de piano los jueves por la tarde y de ballet los sábados por la mañana. Una educación exquisita y unas notas insuperables (la mejor de la clase). Rubia y de ojos azules. Perfecta en todo. ¿Acabaría haciendo de ella un pequeño monstruo, infalible en todas las tareas y eficaz hasta en la manera de gestionar el tiempo libre, igual que su madre? Era muy posible.

Tampoco este detective convenció a Teresa. Un hombre con caspa en los hombros y camisa hawaiana de palmeras no es un hombre de fiar, dijo ella, siempre buscando excusas para poner palos a mis ruedas. Para encontrar un pero a mis ideas, propuestas, ilusiones y deseos. Olvídate de la camisa y concéntrate en el informe, procuré convencerla. En cómo describe el malestar de sus empleados, que tienen a Bárbara Müller por una dictadora obsesionada con el trabajo y en extremo perfeccionista.

–Ya lo era de pequeña –concluí.

Así había quedado plasmado en el informe que había hecho el detective después de que yo le hubiera pedido que remontara la investigación a su pasado. Pagaremos lo que sea, le indiqué: Y sobre todo, tómese todo el tiempo que necesite. La eternidad no es un problema para nosotros, musité. Aunque sí lo era que mi difunta constituyese el paradigma de la insatisfacción: lo había sido cuando los glóbulos rojos aún se desplazaban raudos por sus venas, y, que yo supiera, el hecho de pasar a mejor vida no la había cambiado. Insisto: siempre había criticado mis corbatas y consideraba mis artes culinarias nefastas. Nada le parecía bien y, en efecto, le importaban tres pepinos y un rábano cómo era la Müller de pequeña. Así me lo dijo: tres pepinos y un rábano.

–Pero, a ver, al grano: ¿qué se dice en el informe del accidente que arruinó nuestras vidas? –preguntó mordaz y despreciativa, y, acompañando sus palabras de unos curiosos movimientos espasmódicos, agregó que a ella, saber que los padres de la Müller habían sido unos hippies, ni le iba ni le venía. Ni tampoco que hubiera crecido en los setenta. En la época de la revista Intervíu, rememoré para mí con cierta melancolía, de Susana Estrada, la televisión en blanco y negro, el color gris y la construcción desmedida propia del desarrollismo de la España predemocrática. A mil años de la Barcelona post-olímpica en la que nos hallábamos inmersos, continué reflexionando con tristeza mientras escuchaba por la radio aquel Barcelona, Barcelona con el que Freddie Mercury y Montserrat Caballé se dedicaban a taladrar nuestros oídos desde hacía cosa de un año.

–Todo a su debido tiempo –le indiqué a mi difunta, cuyos ojos centelleaban de la ira que sentía porque estábamos perdiendo toda la tarde. Y los míos, de satisfacción por su furia, por la rabia que mostró cuando le transmití, acto seguido, las disquisiciones pedagógicas-políticas del detective sobre la infancia de Bárbara Müller y le solté que, según este, sus padres habían hecho una interpretación muy particular del concepto libertad, contrapuesta a toda la represión que ellos habían vivido. Es decir, había mencionado el detective como algo pintoresco, siempre cedían a todos los caprichos de su hija, la dejaban irse a dormir pasadas las once de la noche y cenar bikinis o sándwiches cuando le viniera en gana. ¿Sandalias en invierno? ¿Por qué no? Y a cuantas más exigencias de Bárbara Müller sus padres se plegaban, más tirana se volvía la niña. Eso era lo que había averiguado gracias a una filtración de una antigua amiga de la Müller, y que esta, de pequeña, había ansiado un orden y una cierta «normalidad» que no encontraba en una casa «invadida por fumadores compulsivos de Ducados» [palabras literales] que cada dos por tres la atosigaban con discursos y moralinas. Está claro que siempre deseamos aquello de lo que carecemos, en su caso, un freno al caos de su vida.

–Bueno, y entonces, ¿qué? –me interrumpió mi difunta.

–¿Qué, de qué?

–¿Utilizarás una pistola con silenciador, enviarás a un sicario a que se encargue de ella, la empujarás por la escalera o le rebanarás el cuello?

Con calma, me levanté del sofá en el que estaba sentado y me dirigí a la cocina, donde puse en marcha la lavadora y el lavavajillas. A continuación, fui hacia el dormitorio y puse la televisión, y, de vuelta al salón, subí el volumen de aquel Barcelona, Barcelona que sonaba por la radio y que estaba desquiciando mi ya trastornado sistema mental. La voz de mi difunta quedó sofocada por el bendito ruido y yo pude volver a concentrarme en la lectura de aquel informe que, con lo aburrido que estaba, hasta me divertía. Y qué si no llevaba a ninguna parte saber que la Müller era una persona muy rígida, anormalmente estricta, y que de pequeña habría preferido ser «normal»: llevar los deberes al día y la raya del pelo siempre bien hecha, no llegar tarde al colegio y cenar cada día a la misma hora. A mí me servía para pasar el tiempo. Y para reflexionar.

¿Quién lo había dicho? ¿Había sido García Hortelano? ¿Dónde había leído yo que, después de vivir en una España tan gris, mucha gente había salido de la dictadura «desgreñada y con los faldones de la camisa fuera de los pantalones» y, en consonancia, esta gente había decidido criar a sus hijos sin autoridad de por medio?

Intentaba recordarlo, ya en en plena conversación conmigo mismo, cuando, de repente, se hizo el silencio: lavadora, lavavajillas, televisión y radio dejaron de llenar el vacío con su estruendo, y la habitación quedó completamente a oscuras.

La copa de vino se me resbaló de las manos de la impresión.

–Pero ¿quién puñetas es ese García Hortelano y qué tiene que ver con la muerte de nuestra hija? –escuché sobrecogido decir a una voz de ultratumba–: ¿Te ha dicho él algo sobre Bárbara Müller que yo deba saber? –Teresa de nuevo.

Y silencio otra vez. No sé cómo, conseguí proferir que el tal García Hortelano era un escritor y que no tenía nada que ver…

–Entonces –me cortó ella tronando–: ¿por qué me vienes con lo que este señor dijo? Y tampoco entiendo para qué nos sirve conocer cómo fue la infancia de la Müller si lo que pretendemos...

–¿Has sido tú la que has hecho saltar los plomos de mi piso? –la interrumpí yo a mi vez, ya más sereno y con el corazón recuperado de la taquicardia.

–Dime, ¿para qué nos sirve? –repitió.

¿Para qué nos sirve? Para nada, me dije a mí mismo, para que perdamos el tiempo en la planificación de una venganza que nunca llegará a concretarse. Un tiempo que a mí me sobraba. Y para llenar mis aburridas horas con algo sobre lo que pensar y con lo que satisfacer mi morbo por saberlo todo acerca de Bárbara Müller. ¿Aclarado? ¿Acaso es tan anormal que una persona muerta en vida, como yo, convierta la vida de los demás en su vida? ¿No es, en cualquier caso, la fantasía de media humanidad vivir fuera de la pecera de cristal para poder observar noche y día a los peces que hay dentro? En efecto, pero esto no se lo podía decir a mi difunta esposa a no ser que quisiera acabar criando malvas con ella.

Así que le contesté:

–Pues, como es evidente, para saber mejor por dónde podemos pillarla, qué es lo que más le duele y qué estrategias seguir.

La réplica de Teresa fue completamente previsible: la descalificación.

–Ya. ¿De verdad crees que lo que pone el informe será útil para planear una venganza? Mira que eres crédulo…

¿Hacía falta que la respondiera? ¿Iba ahora a enzarzarme en una discusión?

–¿Era público o privado? –inquirió mi difunta de pronto, sorprendiéndome en gran medida.

¿Se refería al colegio en el que, a los nueve años, Bárbara Müller se había empeñado en que la inscribieran, aunque estaba bastante alejado de su casa? Seguramente.

–¿El que? –pregunté a pesar de todo.

–El nuevo colegio.

–¿Para qué quieres saber a qué tipo de escuela acabó yendo? –respondí para fastidiar.

–Para nada, supongo. Preguntaba por preguntar –dijo.

¿Desde cuándo alguien que pregunta por preguntar espera la respuesta con tan malsana y morbosa curiosidad? A Teresa los huesos le temblaban y de la boca le salía un vaho verdoso. Lo reconociera o no, quería saber hasta el más ínfimo detalle de la persona que nos había arruinado la vida, en sus propias palabras.

–El colegio era privado y religioso, y las niñas iban de uniforme. ¿Contenta?

–No. O sea que la mala pécora se salió con la suya…

–Eso parece. Para llevar la contraria a sus padres, que cedieron por puro desgaste y agotamiento ante su obstinación.

Con un gran bostezo, Teresa me hizo saber que ya estaba bien de tanta cháchara y que ya veía que Bárbara Müller se había llevado el gato al agua, como siempre. Y punto final, terminó, y lo dijo sin alzar la voz, en un ejercicio de contención tan poco habitual en ella que me dejó por completo admirado.

Pero yo no había acabado de hablar y, con esa contención que sí que era natural en mí, ignoré el impaciente tamborileo de mi difunta sobre la mesa y continué la explicación. Pues la investigación del detective había dado sus frutos y nos había permitido conocer el primer «desliz» que Bárbara Müller había cometido en su vida. Le mostré una fotografía a Teresa: en ella se podían ver, sobre una mesa, cuadros, lámparas y jarrones, todos ellos con la correspondiente etiqueta con el precio, y en primer plano, como si fuera el objeto más valioso de todos, Bárbara Müller a los quince años: rubia y con falda de tablillas. Sin precio. La organizadora de un mercadillo benéfico.

–¿Y qué hay del lunes maldito? –intervino Teresa.

–Luego. Todo a su debido tiempo –repetí–. ¿No quieres saber de dónde salieron los objetos que allí se vendieron y quién se embolsó las ganancias? –le pregunté, y aunque no parecía interesada en averiguarlo, respondí–: la Müller convenció a sus compañeras para que los cogieran de sus casas y ella se quedó con un porcentaje de las ventas.

–La Müller siempre ha cortado el bacalao como una experta pescadera –replicó mi difunta, muy dada a las metáforas.

Totalmente cierto, y ahora que ya puedo hablar con conocimiento de causa, me atrevo incluso a añadir que, alrededor de la Müller, en el mundo solían formarse dos grandes grupos irreconciliables, el de sus seguidores y el de los otros, los detractores. Y aún hay más: en apariencia, a ella le gustaba disponer, ordenar y organizar, pero lo que principalmente ansiaba era el reconocimiento de la gente: en todo eso ya había hecho hincapié el investigador en repetidas ocasiones a lo largo de su informe. ¿A quién, pues, podría sorprenderle averiguar que ella había sido la mejor estudiante de su promoción?

A mí, no. Pero cada vez necesitaba saber más. Quería saberlo todo de una persona que había triunfado en la vida (mi polo opuesto). Y por ello, igual que algunos desembolsan cien pesetas para leer una revista del corazón, por puro fisgoneo, yo había pagado al detective y ahora me estaba regodeando con los detalles más intrascendentes de su vida. De la vida de alguien a quien seguro que le habría gustado ser Dios y poder controlarlo todo, me decía. ¡Ser Dios! ¡Vaya una ocurrencia!, pensé, y la sola idea ya me hizo reír mientras mi difunta me miraba enfurruñada. Entonces intenté ponerme serio y proseguí informando a Teresa:

–Después de las monjas, estudió administración y dirección de empresas, pese al disgusto de sus padres, a los que cada vez más su hija les parecía una extraña.

Pues claro que quería ser dios, y por eso siempre se presentaba al cargo de delegada de curso y subida a una mesa soltaba discursos, impartía justicia, arreglaba el mundo, atraía a las masas ávidas de que alguien les dijera cómo tenían que pensar, seducía a los seducidos por el poder y, también, engatusaba a los hombres. Dejaba que la llenasen de atenciones y se dejaba cortejar, y luego rechazaba a sus enamorados sin más contemplaciones.

–¿Sin más contemplaciones? ¿Dice algo el informe sobre fracasos sentimentales o noviazgos frustrados? –preguntó Teresa, que en el fondo era toda una romántica.

–Algo dice algo sobre un tal Georges.

–Explica, explica.

–Nada del otro mundo. Una historia vulgar. Ella se enamoró de él y estuvieron juntos cerca de dos años. Era un primo lejano que vivía en Inglaterra y solo se veían durante los veranos o los fines de semana en que alguno de los dos podía viajar.

Llegados este punto, quizá sea el momento adecuado para introducir algunas apreciaciones objetivas sobre la anatomía de Bárbara Müller. El primer detective la describía como una mujer rubia y de pelo largo. Alta y delgada, pero no excesivamente delgada. Siempre vestida con elegancia y de blanco, y desde luego muy atractiva, pese a parecer inalcanzable (o quizá por eso). Y aquí dejo la pelota, para que la recoja quien se atreva. Solo advertiré que Bárbara Müller resulta tan peligrosa como la gata que sibilinamente ronda a la que va a ser su víctima.

–¿Y qué más? –insistió mi adorada difunta–. ¿Lo dejó ella o fue él quien la dejó?

–Fue él quien la dejó. Sería porque no estaba a la altura de ella.

–O porque la consideraba insoportable: una tiquismiquis de las que siempre temen mancharse la blusa con la salsa de la carne.

La dejó él y, pocos años más tarde, el profundo escepticismo de Bárbara Müller en las cuestiones amorosas, unido a un marcado sentido práctico, la llevó a casarse con un empresario del sector de los congelados. El matrimonio no duró ni dos años. Menos duran los productos frescos, alegó ella cuando un familiar intentó que recapacitara la decisión de dejar a su marido.

–¿Menos duran los productos frescos? Lo que faltaba, que ahora el detective convierta la vida de la Müller en una telenovela mexicana –gruñó Teresa.

Se libró de él sin miramientos, de la misma manera que se desharía de un perro pulgoso, pero antes obtuvo de este lo único que en aquellos momentos no podía procurarse por sí misma: unos espermatozoides que, alegres, habían corrido a fecundar su óvulo; de hecho, había dirigido a los espermatozoides por el buen camino como quien conduce un rebaño de ovejas y de igual modo que en la agencia de comunicación mandaba a los empleados que estaban a su cargo. De ese feliz encuentro había surgido una niña rubia y de sonrisa adorable. Un bombón, decían de ella en el parque. Mi vida, le susurraba Bárbara Müller al oído.